Libro del Chino

Madre, ¿puedo morir?

 

Capítulo 4

¿Qué siga? Bueno, pues… no recuerdo mucho, pero veamos. ¡Ah, si!, ese día de primavera.

Bien, fue un día extraño y lleno de sorpresas, claro, eso deja mucho que desear de mi vida diaria (aunque debo admitir que lo menciono con una carcajada interna).

Aquel viernes solo fue el principio de un extenuante fin de semana que desearía borrar de la Historia Universal (no es que haya sido para los anales de la Historia, pero todo instante pertenece al mismo flujo universal de eventos).

Bien, el día comenzó como de costumbre, me levanté a tiempo para bañarme y salir a cumplir la obligación de un estudiante: la escuela; el problema es que no importa cuánta anticipación le de a “salir temprano”, pues inevitablemente llego tarde a mis clases. Tal vez sea un bloqueo psicológico que inconscientemente mantengo en mí. De cualquier forma, no salí temprano de mi hogar, pero en aquella ocasión me di cuenta de algo cuando me dirigía a los planteles de la preparatoria.

“No tengo razón para levantarme día con día”

Así es, no tengo ningún motivo para levantarme y seguir haciendo lo que hago todos los días. Supongo que eso es una razón para tener una vida tan desordenada y variante como la mía.

Durante un tiempo tuve la dedicación de vivir, o mejor dicho de levantarme e ir a la escuela, para poder ver a Kaia. Todos los días luchaba por encontrarla antes de que entrar a su clase para saludarla y ver su sonrisa, y así animarme a seguir hasta mi búsqueda del día siguiente. Corría por los pasillos de mármol barato de las aulas y saltaba las escaleras de color entre rojizo y cobre para lograr interceptar a Kaia (en la mayoría de aquellas ocasiones, antes de su clase de Matemáticas). Apenas lograba llegar a la puerta café de aquel deprimente salón de clases para verla.

Supongo que encontrarán tantos hechos un tanto confusos, ya que desvarío mucho, pero tengan paciencia, tal vez encuentren alguno de estos demenciales pasajes entretenidos, y si no, “díganmelo y mejor cantaré”.

Como les iba diciendo, ese viernes me di cuenta de tal hecho que dejaba vacío mi despertar diario, no pude mas que burlarme de mí mismo. Si, así fue, encontré hilarante mi situación y reía en mis adentros por tan deprimente cuestión.

El día siguió como de costumbre, el profesor de Finanzas me dijo:

“No estas cumpliendo con tu compromiso.”

Recordando que no tuve listo mi proyecto a tiempo y estando a punto de recibir una sanción del 20% sobre mi calificación de dicha materia.

El profesor de Historia Contemporánea, un enorme canadiense con aspecto de ogro salido de una novela fantástica con tintes medievales al estilo Tolkien, seguía parloteando como de costumbre sin que alguien le prestara atención (a excepción, claro, del afeminado y extraño estudiante que jamás faltará en una comunidad estudiantil desde aquella enajenada década de los 70’s).

¡OH!, mi examen de Cálculo se encontraba a dos horas de distancia y yo no sabía ni qué carajos vendría en los reactivos de la prueba.

Pero en sí, la vida sonreía, con esa sonrisa burlona y sarcástica para mi alma y ser terrenal por supuesto.

No pude mas que seguir con el teatro de la vida y arrastrarme al siguiente suceso que me aguardaba.

Logré resolver el examen bajo iluminación divina, y como siempre, resolví el examen para cuatro o cinco personas (incluyéndome).

Con todo el estrés del día y mi deprimente descubrimiento, no me desesperé, actué con decencia y seguí hasta que acabó el ajetreo académico. No sin antes preocuparme por otro proyecto final, esta vez de Desarrollo Empresarial y resolver el examen parcial de dicha materia por obra de los espíritus (otra vez).

La gente dice que soy “muy inteligente”, y a veces me lo creo, pero sólo soy un demente más en este mundo, solo sucede que soy un demente cuya demencia radica en un poco de racionalismo y lógica, y por supuesto suerte. Aunque la misma es bastante cuestionable por los acontecimientos que me golpean con fuerza para hacerme sangrar hasta desfallecer (OK, OK, eso fue demasiado melodramático, pero por algo la gente piensa que soy algo “diferente” o demente, da lo mismo).

Tras toda esa basura, pude sentarme a esperar a un amigo, Braulio, el “profe”, que me acompañaría, o mejor dicho, llevaría a comprar mi boleto para ver a la “Gusana Ciega” en Cuautitlán Izcalli (lugar apartado, aburrido y fastidioso del área metropolitana).

Después de comprar mi entrada, comimos un manjar: coditos de pasta con atún y pollo con verduras. Sé que no suena muy exótico, pero estaba delicioso y en mi “querido” hogar no hay de eso muy seguido, normalmente tengo que conformarme con las sobras de los guisos de la semana pasada.

Para no perder tiempo, me adelantaré unas horas. Tras beber unas cervezas (en un parque solitario en el cual vimos una extraña “sombra” blanca deslizándose como en un relato de Hubbard o Ray Bradbury ) y recoger a un amigo del “profe”, nos dirigimos aun grandioso concierto.

Las letras de las canciones fluían a través de mí, a veces como delgadas y finas navajas o como dulce y fresco rocío otras veces. Y no, no me encontraba ebrio.

Frases como:

“Hay cosas que yo puedo perdonar, pero hay cosas que tu

tienes que explicar,

¿porqué yo siempre tengo que esperar en una esquina?

Mientras tu parlas con alguien más…

Piensa dos veces antes de jugar con mi cariño, que estoy

Dispuesto a hacerte llorar”

Porque yo no,

Yo, ¡No! Yo, ¡No!

Yo puedo verte con alguien más”

Dolor y pasión flotaban en el aire causados por una melodía fuerte, rápida y apasionada que solo desaceleraba para dar pauta a algún sentimiento doloso en el alma del intérprete y de la audiencia (o cuando menos eso supuse que sucedía en aquella muchedumbre desbocada).

“Genial” sería una palabra muy trillada e insuficiente para catalogar dicha experiencia.

“Yo no quiero perderte,

por alguien mas....”

Recordé con la música a Kaia, los momentos (pocos momentos) en que estuvimos juntos.

Cuando la conocía, cuando hablé por primera vez con ella, cuando me enamoré… Cuando sentí mi pecho hecho trizas al verla “con alguien más”.

“Y hay un momento en que encuentras a esa persona que

puede crear el Universo para ti”

Las palabras del vocalista del grupo resonaron en mi mente por un largo rato.

“Estamos esperando tu cambio de estación”

Recordé como ha habido tantos hombres observando, deseando, esperando a Kaia, pero sólo yo me he tenido que hacer atrás y así no evitar su felicidad…

En mi mente me ví entre una docena de hombres con la mente y alma dirigidas hacia Kaia, y lo único que nos rodeaba además de la luz de su sonrisa distante era una obscuridad y desolación que era la vida sin ella.

Creo que los escogió a todos ellos antes que a mí porque no se disfrutar la vida y tengo demasiados problemas como para hacerla feliz. ¿Quién carajos querrá cargar con una infinidad de problemas ajenos cuando la propia vida ya te da los tuyos? Bueno, así pensé que me veía, tal vez solo fue incapacidad para hacerla feliz de uno u otro modo.

En fin, esa noche acabó de un modo grato, llena de recuerdo y música grandiosa. Dormí temprano y muy bien, lo recuerdo como perfecto ejemplo de la frase babies don’t sleep this well.

Para el sábado, un sábado caluroso y con tintes de “algo nuevo en el aire”, me levanté cerca de las nueve.

“!Levántate! El bautizo de tu sobrino”, gritó mi madre mientras prácticamente tiraba la puerta de mi habitación irrumpiendo con su tradicional descortesía en la intimidad de mi habitación (cosa que mi madre veía como “suya” como todo lo demás que la rodea).

Me vestí, me apuré, y mi madre, para no perder la costumbre, tardó mucho más que yo. Salimos aprisa y en el camino dijo algo que no me pudo sorprender:

“Si alguien pregunta el porqué de mi tardanza, diré que fue tu culpa”

Ya estaba acostumbrándome a la idea de ser (falsamente o no) la causa de todos los males y preocupaciones de mi madre. Como ella ya me lo había gritado un par de meses antes:

“!Eres la causa de todos mis problemas!”

Cuando la única persona con la que compartes tu domicilio, y más siendo tu propia madre, no puedes mas que darle la bienvenida a la desolación y dolor espiritual que causa.

Y antes de desviarme aún más del relato de los hechos…

EL bautizo siguió con o sin nosotros. La misa ya había comenzado y yo no pude mas que sentir desesperación e ira al estar ahí, en medio del santuario católico, viendo a la gente y escuchando sermones del párroco eterno de la familia. Incluso he llegado a despreciar a la gente que va a la iglesia, y no por el hecho de su religión, devoción o costumbre de ir a la iglesia, sino por la manera en que vivían, la manera en la que iban a la iglesia y rezaban como sombis sin mente propia, la manera en que carecían de criterio propio y pedían perdón sin saber exactamente porqué. Como le había dicho a Kaia días antes:

“Sabes, el problema no está en que las personas no hagan su trabajo, sino en cómo lo hacen.”

Solo que esta vez no era el trabajo, sino la falsa devoción del hombre convertida a una devoción sin voluntad. Esa gente hace lo que hace por costumbre, sin reflexionar o sentir en verdad lo que hacen, y esa es una triste realidad de nuestra sociedad actual.

Sin embargo, la única presencia de mi querida sobrina Andrea (hija de mi querida y respetada hermana) me animó e iluminó una sonrisa en mi alma.

Realmente deseo un hijo, pensé. Esa sola idea podía hacer girar al mundo y dejarme sonreír sin mayor motivo.

Sé que soy muy joven, ¡pero qué diablos!, además no digo que quiera tenerlo ahora mismo, solo que es un deseo que espero se cumpla algún día, Y sacando algo irónico y hasta cierto punto gracioso y curioso, Kaia no desea en lo más mínimo dar a luz. Algo comprensible en las jóvenes de nuestros tiempos. El prejuicio e idea estereotipada del extremo dolor al parir y la frustración de la difícil tarea de criar a un bebé. Supongo que todo ello se debe a lo que hemos oído de nuestros padres, cuya generación nunca supo lo que quiso fuera de un empleo y bienestar económico.

“Puedes hacer mis sueños de dulce sirena,

puedes hacer el universo de repente,

eres el sol que quema las estrellas.”

Por el medio día del sábado estaba almorzando con la familia al celebrar el bautizo del hijo de mi prima quien vino para dicha ocasión desde Hermosillo Sonora. “Todo para estar con la familia” (cosa que me pareció grata pues pude verla una vez más). Ella es una mujer hermosa cuyo retoño es aún más encantador. Una pequeña criatura que disfrutaba de los brazos de Morfeo como un troyano disfrutaría de ver a Afrodita.

Los detalles de aquella celebración del bautizo de mi nuevo sobrino son ya algo que esta de sobra. Cuando tomé la preciada camioneta de mi madre para ir a mi hogar y bañarme plácidamente y disfrutar de la tarde en compañía de mi pareja Lara (a quien en compañía de las amistades se le refiere como “la galleta” por su peculiar nombre).

Así pues me vestí, me aseguré de los detalles necesarios para ir con ella y, con aprobación de mi madre, fui con Lara para después de eso ayudar en los preparativos de la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga: Neyra.}

En fin, pasé una gran tarde con Lara, a pesar del sofocante calor, de su pendiente familia y sus primos juguetones y curiosos de mi cercanía con Lara. Debo admitir que disfruté de esos momentos, además, para ser sincero, me atendieron como si fuera parte de la familia.

Me recibieron cortésmente, me sentaron y me ofrecieron de beber, a lo cual, con cierta pena, accedí sin mucha insistencia por parte de mis anfitriones. Al poco tiempo llegó Lara y me sentí en un ambiente agraciado, si la expresión “a gusto” pudiese ser mejor aplicada, desconozco el momento.

Bebí, conversé y comí “a gusto” rodeado de estos extraños que me aceptaron en su hogar como una tribu acoge al primo recién llegado del valle vecino.

Aun cuando no conviví con la gente mayor (la que realmente hace a una familia) más allá de las cordialidades que debe presentar un visitante, sentí que fue suficiente puesto que me hicieron sentir bienvenido y no vi razón para sentarme junto a ellos y pasar por el casi tradicional y/u obligatorio interrogatorio acerca de mi presencia y mis objetivos tanto con relación a Lara como en mi vida a parte de ella.

Con todo ello en mente me dispuse a rodearme de gente más joven con la que pudiese sentirme más a gusto, aún cuando las conversaciones de gente que ha vivido cerca de medio siglo me parecen interesantes y llenas de color, digamos… un buen tema de estudio o al menos de observación.

El cuñado de Lara, un simpático y obviamente observador joven de alrededor de 23 años, de tez morena y dotado del físico característico de un hombre simpático que entra a la vida de trabajador y que suele comer y beber bien (digamos una representación de la bonanza como el Buda chino pero con un toque de “vaciado”).

Con una cerveza en la mano (como seguramente la gente lo debe recordar), una camisa blanca holgada y jeans, el atuendo adecuado para un domingo en familia, ahí estaba, la única persona en aquella casa que bien podría comprender mi posición. Muy amable y aparentemente bien aceptado y acogido por la familia de mi pareja, Carlos era el anfitrión perfecto, no dejaba que estuviera más de 30 segundos sin algo frío y alcohólico que beber. En otras palabras, un buen anfitrión mexicano.

Su pareja, la hermana de Lara, era una mujer bella, descuidada un poco, pero aun bella, ella ostentaba un casual y adecuado conjunto de camisa azul y pantalón de un tono un poco más obscuro del de la camisa. No pude evitar imaginármela de mi edad y yo intentando seducirla, supongo que eso es parte de mi naturaleza.

“¿Tuviste problemas para llegar?” En fin, como siempre, Lara parecía un poco lejana, como si la vida fuera un juego un poco monótono y aburrido al cual ella ya sabe de antemano el desenlace. Aún así pudimos conversar y reír de sus primos y los gustos en música de sus predecesores y acompañantes.

“Solo me pasé por una salida, pero hablé y tu hermana”, supongo que había sido su hermana, “me supo guiar a la perfección”.

“¡Ha, te pasaste! Ay, niño.” Sus palabras denotaban un interés casi fingido, a lo cual no le di mucha importancia, pues estaba tan “a gusto” que no quería darle importancia a algo sin sentido que probablemente no significaba nada.

Recuerdo que me pareció curioso el hecho de que Lara no se sentara a mi lado, o mejor dicho junto a mí, pues si en efecto se hallaba a mi derecha, mientras yo yacía en un cómodo sofá rústico de color azul, ella se limitó a sentarse en una silla que había acercado a la estancia. Aunque tal hecho es comprensible puesto que estábamos rodeados por su familia y era la primera vez que me presentaba frente a todos. Fue en ese momento en el que dudé que mi bella compañera de pasiones hubiese comunicado al menos a alguna persona de su misma sangre de mi existencia en su mundo adolescente.

“…Venus in the darkening sky. Star light, star bright, wish I may, wish I might… in these dreams I always wish for Kaia.”

- Stephen King, Bag of Bones,

a excepción del nombre de Kaia por supuesto.

 

 

 

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