Libro del Chino

Madre, ¿puedo morir?

Capítulo 3

Tras una tarde y noche de trabajo y un poco de alcohol, me ví rendido a una desilusión en la que no tenía ninguna intención de seguir con mi deberes, a pesar de que debía entregarlos en menos de 10 horas y había una persona que dependía de mí para tal proyecto.

De cualquier forma, decidí tomar un descanso, el cual se prolongó más de lo esperado para tan solo escuchar (como ya es costumbre en mi vida diaria) las quejas y opiniones descorazonadoras de mi “querida” madre.

Saben, es como una rutina, parte de la vida creo yo, escuchar a mi madre decir sin cansancio y hasta el día de su muerte (si no llega la mía primero), que soy un reverendo y desganado huevón. Que ya no sabe cómo educarme o qué hacer conmigo.

En fin, me alegro de no tener tendencias suicidas (incluso me sorprende este hecho), o al menos no tenerlas desde hace ya cinco años, tal vez menos.

Recuerdo ese día, el último intento de saltar, aún no conocía a Kaia (que por cierto está frente a mí mientras escribo esto, con su mirada concentrada y que denota tanta preocupación por un simple examen de Cálculo).

Ese día frío y con viento de Otoño con cielos grises y deprimentes. Lo sé, suena muy clásico, muy “refrito”, incluso ridículo, pero solo lo cuento como fue. En fin, subí al tercer piso de mi hogar, salté sobre el barandal de forma que pudiera caminar sobre él. Extendí mis brazos y miré al vacío, tan atractivo, solitario, frío, tan calmado…

Aún no recuerdo porqué no salté… Aunque sí se porqué no lo volví a intentar, ni desde lo alto, o con navajas. Fue por las sencillas palabras que dijo la mujer cuyo ADN dice que es mi hermana:

“El suicidio es para los débiles y cobardes.

Es solo una salida fácil.”

Bueno, retomando el tema, decidí detener un poco el trabajo exhaustivo y distraerme, intenté empezar la creación de una máscara, pero solo pude acomodar plastas amorfas de plastilina conforme a las dimensiones de un modelo que ya había hecho de una máscara africana.

Después comencé a hablar con Kaia por la computadora, e incluso, como primer mensaje escribí:

“Show me how to do that trick,

the one that makes me scream,

the one that makes me laugh,

and I feel all around my neck.

Show me how to do it,

And I’ll promise you

I’ll promise I’ll run away with you

I’ll run away with you…”

Ya antes le había escrito esta letra de una canción de The Cure, y estoy seguro de que lo recordaba.

De cualquier forma, hablamos de lo que todos los adolescentes hablan (aunque no me considero uno de ellos ni estoy seguro de todas sus pláticas y actividades).

“¿Cómo estás?”

“¿Qué haces?”

“Aha..”

Plática intranscendental de un par de jóvenes. Aún recuerdo lo último que le dije:

“-Sabes, el problema no está en que las personas no hagan

su trabajo, sino en cómo lo hacen.”

“Cierto… tienes razón…” y eso fue todo por esa noche entre nosotros, ni un “adios”, o un “descansa” ni siquiera un “te veo mañana”. Solo se fue, como siempre, sin darme cuenta se escapa de mi vista para compartir su vida y sonrisas con alguien mas.

Bueno, cuando menos terminé el día con una buena comedia en la TV: Frasier. De mis series de televisión favoritas, Frasier conjunta un alto grado de cultura y sentido común con un disparatado humor. Mucho mejor que el clásico humor vulgar gringo o el frío e inexpresante humor británico.

“Y una hermosa sonrisa despertó al gigante de piedra

y lo hizo sentir vivo una vez más; despojándose así de

su coraza de piedra y volviendo a sentir su corazón

palpitar mientras seguía con la mirada a aquella celestial

mujer.”

 

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